En la decada de los 80, en el dojo del Kunic el inicio de las primeras pràcticas era impresionante,el dojo se encontraba repleto, con màs de cien practicantes, a un extremo del dojo, sobre un tapiz verde se acumulaban los maletines llenos de ropas, mezclados con libros de las “mates” y descriptiva; se podìa ver correr a los futuros karatekas, dentro de sus buzos multicolores y polos empapados de sudor. Algunos senpais mientras calentaban en un lado con algunos ejercicios de estiramiento sentìan la brisa que producen los cuerpos en movimiento. Bajo la puerta de entrada mientras estorban a los jugadores de pingpong se juntaban un buen grupo de expectadores. Aunque la mayorìa de ellos esperaban ver màs acciòn como un kumite, otros se ponìan a mirar y contar el nùmero de chicas que practicaban.
En aquel tiempo existìan los estudios comunes y la mayorìa se habrìa visto en alguna clase. Los viernes despuès de las pràcticas calificadas de las “mates”, la Av Tùpac Amaru se llenaba de alumnos como si fuera exàmen de admisiòn.
En este espacio y tiempo es cuando conocì a mi amigo Samuel
Samuel vino por motivos de trabajo a Japòn, y aprovechando el descanso de fin de semana, se contacta con Sergio mediante e-mails y coordina un reencuentro dentro de su cargada agenda de trabajo.
El sàbado en la mañana los preparativos para recibir a nuestro amigo Samuel hicieron que me retrase un poco, ya que tenìa que recogerlo en la estaciòn de trenes. Apresuradamente subo al segundo piso donde està la salida del “Shinkansen” (Tren bala) y no està Samuel, llamo a su mòvil y dice que està esperando abajo.Samuel lucìa un abrigo negro y pantalones vaquero. Se le ve tal como lo recuerdo, aunque con un corte de cabello màs corto y algunas canas que nacen con la madurez. Nos saludamos y vamos al Budokan de la ciudad para ver si se estaba practicando algùn arte marcial, pero en ese horario no habìa nada, la ansiedad de conversar y contarnos los màs de veinte años de nuestra historia, por instantes se hace confusa la conversaciòn al hablar los dos al mismo tiempo.
Luego de dar unas vueltas caminando por allì, sin parar de conversar, fuimos a un supermercado a comprar unas cosas que faltaban para la cena y pasamos a dejar el equipaje de Samuel en el departamento, reencontrarse con Liliana y presentar a nuestros tres hijos.
Abusando de la generosidad de Samuel nos vamos los seis a un restaurant cercano de casa, para despuès ir en busca de algùn pequeño recuerdo japonès.
Hoy dìa las horas trancurren màs ràpido, regresamos a casa para que Liliana prepare la cena...
-Salud!!, por el reencuentro. Salud!!!
Y continùa la charla recordando todas las anècdotas del karate, y ponerse al dìa de las vidas de cada uno. En la cocina comedor, el techo marròn y el color amarillo de la làmpara, da un ambiente càlido haciendo ver màs apetitosa la carapulcra que Liliana a preparado, acompañada con unos vasos de cerveza helada.
Recordar los campeonatos, nuestros triunfos y tambièn nuestras derrotas, la vida fuera del karate, contarnos lo que hicimos desde que salimos de Perù. Fue muy emotivo, sobraron las risas y tambièn brotò màs de una làgrima.
Llega la media noche, nuestros cuerpos no son los mismos de hace veinte años, todos estamos con sueño, pero seguimos conversando, hasta que Liliana se pone a cabecear, entonces antes de irse a dormir, prepara el “futòn”, aquel tipo de colchòn doblable que se extiende en el piso para dormir. Samuel sigue conversando hasta que cierra los ojos por el sueño, le digo para que duerma, ya que tiene que partir mañana rumbo a Tokyo.
Nos levantamos temprano, Liliana tiene una actividad en el colegio de mi hijo mayor, la llevamos y luego nos dirigimos a tomar un desayuno en un restaurant cerca de casa.
Luego regresamos a casa esperamos un rato, recogemos el equipaje y nos dirigimos a la estaciòn para que Samuel tomè el “Shinkansen” rumbo a Tokyo, llegamos diez minutos antes de la partida del tren por eso tuvimos una despedida ràpida con màs gestos que palabras.
Toyohashi, Diciembre del 2010,
Sergio Nagata
Sergio Nagata







